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sábado, 3 de junio de 2017

SOLTANDO AMARRAS


Una Historia de vida muy especial




Estoy aquí tumbada en la cama, toca esperar. Ya no siento dolor, solo molestia y una sensación muy rara por la medicación tan fuerte que me impide moverme. Pensé todos estos días de hospital que podría salir de esta, pero no, esta vez no voy a poder. Aunque todavía no me lo quiero creer, esto se acaba. No sé cuánto me queda, quizás horas, días, pero es el final.

Parece que se hubiera parado el tiempo, pero la que se ha parado soy yo. Van pasando por esta habitación mis hijos, mis nietos, mis hermanos, van y vienen, y yo, yo sigo aquí parada, ya sin poder hablar, ni reír ni llorar, ni tan siquiera enfadarme puedo. Estoy acompañada, pero ya es como si estuvieran muy lejos, ahora estoy yo sola conmigo misma.

Toca hacer balance de la vida, pero me resisto a pensar en ello. Ha sido una buena vida, pero si me resisto es por no dejar ahora a mi hijo mayor y mis nietos que todavía me necesitan.

Me recuerdo de niña rodeada siempre de mis hermanos, ayudando en los campos de olivos, ayudando en la huerta o en casa. Siempre había algo que hacer. No teníamos casi de nada, pero no nos faltó nunca que llevarnos a la boca.

Mi madre pronto quedo sola a cargo de los seis hijos y enseguida todos supimos que teníamos que arrimar el hombro para ayudar en casa.

Son buenos recuerdos, vida tranquila de pueblo, dura, pero sin sobresaltos. Siempre ayudando en la casa, con mis hermanos.

Como la aguja no se me daba nada mal mi madre decidió que yo me dedicaría a coser y me mando estudiar corte y confección. Ay madre! , todo lo que llegue a coser para aprender. Era un buen oficio para una chica de pueblo por aquel entonces.

Este fue mi billete para salir del pueblo a la capital. Enseguida me coloco mi madre en una buena casa de la ciudad. Solo tenía que coser, coser y coser, los uniformes de los niños, los botones, las camisas, los dobladillos, etc. No era como ahora que todo se compra, y cuando te cansas te compras otra cosa. Antes todo se remendaba y se arreglaba y duraba mucho tiempo, se ajustaba la ropa para que se pudiera heredar por los hermanos, y las telas se reutilizaban de unas prendas a otras. Tenía que coser y planchar, y la plancha me daba casi más trabajo, horas y horas hasta que esas telas indomables quedaban bien lisas.

En mis tardes libres cosía en otras dos casas y me sacaba un dinerito extra. Así conocí a mi primer marido, pasando por su restaurante los martes y los jueves. Desde que vine a la capital había tenido algún que otro pretendiente, pero nada serio.

Debí enamorarme enseguida. Él era viudo y tenía una niña chica. No sé de quién me enamore antes de él o de su niña. 

Sus hermanas me enseñaron a cocinar y me di cuenta de que lo de la costura no era lo mío.  En la cocina me sentía muy bien, tenía buena mano, y desde entonces no he parado de disfrutar entre fogones.

Y entre los fogones llego mi primer hijo y con el mi amor infinito. Madre lo que se quiere un hijo, y eso que yo ya me sentía madre de una niña. Fueron años buenos, de mucho, mucho trabajo. Los niños, el mercado, la cocina, el mercado y la cocina. Pasaron 6 años hasta que me volví a quedar encinta, y de nuevo mis tareas se acumulaban, desde la madrugada hasta el anochecer sin parar.

La guerra que me dio el pequeño con las comidas. El esta ahora aquí conmigo en esta habitación, cuidándome, esperando conmigo el momento. Siempre ha comido poco. Ahora parece que está hablando con la enfermera que ha venido a ponerme otra inyección.

No teníamos grandes tesoros y a veces las cosas venían flojas y nos apretábamos un poquito o un mucho, pero vivíamos en paz, sin grandes preocupaciones.

Un día, sin avisar llego la guadaña y así, sin más, se llevó a mi marido. El era muy fuerte y siempre trabajaba sin queja alguna, pero algo por dentro no le debía funcionar bien y le quito la vida de un soplo. Mi mundo se vino abajo.

Apenas me quedó aliento con tanta pena, pero tenía que sacar adelante a mis tres hijos, y tenía un negocio y ahora estaba sola. 

En aquel momento de duelo, cuando intentaba organizar mi nueva vida, la familia materna de mi hija, de la hija de mi marido, no me ayudo, solo buscaban sacar provecho de mi desgracia. Todo paso muy deprisa y todavía no me lo explico, pero esta familia se llevó a mi hija, sin escucharme a mí y sin escucharla a ella. Se la llevaron para siempre. Y otra vez ese vacío, la rabia y la pena se instalaron en mis entrañas.

Sola con mis dos niños y un negocio por llevar. No tenía tiempo ni podía malgastar fuerzas para las lágrimas. Tenía que trabajar y seguir adelante con la vida y la vida de mis hijos.

Que lejano me queda ahora esos tiempos. Estoy oyendo que llega ahora mi hijo mayor a la habitación, andan turnándose para no dejarme sola. Este hijo mío no lo ha tenido fácil en la vida, y madre mia, lo que me pesa ahora dejarle a él y mis nietos, es lo que más me agarra a la vida.

En aquellos tiempos, cuando la incansable tarea no me dejaba pensar en lo sola que me había quedado, apareció él. Parece que siempre me estuvo rondando desde que llegue a la capital hasta que me case. Apenas me acordaba de él, pero ahora venía casi a diario al restaurante a tomar algo. Decía que mi comida era la mejor, mis tortillas, mis cocidos, mis caldos. Yo todavía era joven, pero en ese tiempo nunca se me paso por la cabeza por ser viuda y con dos hijos que podría rehacer mi vida con otro hombre, yo solo pensaba en mis obligaciones para seguir adelante.

Y pasó, la vida me regalo otra oportunidad de ser feliz con una persona que no había dejado de amarme desde que me vio por primera vez. Ahora era yo la que se había quedado sorprendida. Esto no lo hubiera esperado y así me deje querer.

Él lo dejo todo en su vida para acoplarse a la mía, para ayudarme con el negocio, para ser el padre de mis hijos y para ser mi marido. Y así mi vida volvió a florecer, aunque yo tenía mi pena por mi niña escondida en mi corazón sin que pudiera hacer nada. Muchos años más tuvieron que pasar y algún encuentro en la vida, para desvanecer esa pena.

Pasamos una temporada muy buena y mis hijos crecían sin pausa alguna. Con los años, algo no debía funcionar bien con mi vista porque fui perdiéndola. Esto me hizo frenar en la cocina y poco a poco el restaurante se iba apagando. No sé si era hora de descansar, pero dejamos de trabajar y, uff, así los días sin llevar el negocio se hacían muy largos sin tener que ir al mercado, hacer las comidas, preparar las mesas. Además, mis hijos eran mayores y apenas daban tarea.

Los chicos se casaron y fue muy bonito, los dos en el mismo año. Todo fue perfecto, pero esto también fue muy duro para mí. En casa quedo un vació muy grande. Yo andaba cada vez peor con la vista hasta que me operaron y algo mejor quede, pero un ojo quedo perdido. 

Llegue hacerme cargo de mi cocina otra vez algún tiempo, pero ya no podía, era demasiado para mí, esa parte de mi vida había terminado.

Por aquel entonces nos fuimos al pueblo. La vida era más fácil allí y más cómoda para nosotros.

Estoy escuchando que ha llegado mi nieto a verme, el mayor. Madre mía, a este casi le he criado yo. Y ahora el pobre que trabaja tanto, también entre fogones, tiene que estar aquí viendo cómo me apago. Lo movido que ha sido siempre, y lo bien que lo llevaba el abuelo a todas partes. Muchos veranos pasamos en el pueblo, disfrutando cada minuto de cuidar de este pequeñajo.

Luego llegaron más nietos, otro varón de mi segundo hijo y después las dos niñas, una de cada uno. Que alegría nos daba saber que venían para el pueblo, aunque solo fuera para pasar un día. Nos pasábamos días preparando la casa, las habitaciones, las comidas, todo para aprovechar cada momento de su visita. Que nos llamaban, pues ahí estábamos en la ciudad para lo que fuera y si no nos llamaban pues también, que cualquier excusa era buena para estar con ellos.

Y luego mi guía, mi lazarillo, mi sostén durante esos años, se enfermó de lo peor. Empezó su lucha por sobrevivir siendo su único afán que no me quedara sola otra vez. Íbamos y veníamos de médico en médico y de tratamiento en tratamiento. Lo aguantó todo sin queja alguna y madre mía lo que paso. Se fue apagando, desconsolado de abandonarme, y se fue. Otra vez me quede sola.

Pase meses en el pueblo, luego en la ciudad, otra vez en el pueblo. No me encontraba bien en ningún sitio. Tarde tiempo en encontrarme bien, y al final me quede en el pueblo. Allí tenía mis amigas y me aseguraba la tertulia diaria en el descansillo de los soportales. Horas y horas que pasábamos de charleta en la fresca.

Mis nietos me daban la vida, y aunque cuando estaban conmigo terminaba agotada no me importaba, era más duro el vacío que dejaban en casa cuando se iban.

No sé cómo me deje liar, pero un día me sacaron en la televisión. Todo estaba preparado, yo entre mis fogones rememorando mis tiempos de cocinera y preparando uno de mis mejores guisos. Mis nietos me lo ponían en la televisión y yo lo que veía era los muchos años que habían pasado.

Yo creo que fue por aquel entonces cuando llego la quinta de mis nietas, la tercera del pequeño. Con esta gran alegría la vida también nos trajo una pena, una pena muy gorda, la enfermedad de mi nuera, la del mayor, la misma terrible enfermedad que se llevó a mi segundo marido.

Me trasladé a cuidar de mi nuera, de mi hijo y mis dos nietos y, ya no me fui de su lado. Pobres lo difícil que fue para ellos, tan chicos, perder a su madre. Mi hijo se vino abajo. La vida me ponía en el camino una nueva tarea, ayudar a esta familia huérfana de madre y hundida en la pena para salir adelante.

Ya me pesaban los años y los dolores, pero esto no me frenaba y estaba enfrascada en mi nuevo objetivo en la vida, seguir luchando por mi familia. No era tarea fácil porque yo no entendía las novedades de mis nietos, las salidas por las noches, los móviles que no soltaban de la mano, los novios, bueno todas esas cosas eran muy diferentes cuando yo era joven.

Y llego de nuevo la enfermedad dichosa, esta vez me llego a mí, pero no pudo conmigo, y menos con lo que tenía por delante. Me hicieron perrerías, me inyectaban medicamentos, me ingresaban, me dejaron sin pelo y sin energía, pero lo supere. Yo seguía luchando, mis nietos eran muy jóvenes y mi hijo seguía necesitándome. Bueno tengo que reconocer que yo ya había empezado a necesitar también de mis hijos. Empezaba a tener dolores, dormía mal, estaba cansada, pero parece que la enfermedad estaba controlada, y así, la vida me regalo algunos años.

Al paliar la enfermedad por todas partes, la misma se hizo fuerte y me salió en la pierna y, dichosa la mala la hora en que me la trataron, de ahí ya no pude levantar cabeza. Sin apenas visión, sordita y con dificultades para moverme, había estado llevando mi casa y atendiendo a mi hijo y mis nietos, pero ahora, la pierna me había hecho frenar en seco y la cosa cada día iba a peor.

Empezaron los tratamientos y los ingresos, pero a pesar de lo que nos decían que no yo saldría para adelante, pues ahí seguía, pero la verdad sin apenas mejoría y muy cansada, y cada día más dependiente.

No quería venir aquí, a este hospital donde murió mi cuñado, un hospital al que se viene a morir. No quería venir porque dudaba si esta vez tendría fuerzas para salir. Ahora ya sé que no voy a salir, me ha costado mucho darme cuenta. Ya no puedo luchar más.  Es hora de repasar mi vida, una larga vida con alegrías y tristezas, una larga vida de trabajo y también de mucho amor. Me llevo lo mejor, todo el amor que he sentido y siento. He querido mucho a mis maridos, a los dos les he venerado y les he amado. He perdido la cabeza de amor por mis hijos y también por mis nietos, por mis niños. Lo duro que va ser dejar de cuidarles. 

He querido mucho a mi familia, mis padres, mis hermanos, mis sobrinos, también a mis nueras. Les quiero tanto que no quiero dejarlos y sigo aquí agarrada a la vida, pero es hora de soltar amarras. Seguiré con ellos, eso seguro, todavía no me conocen allí donde voy ahora. Yo tengo que seguir velando por los míos y, así lo haré.



sábado, 25 de marzo de 2017

DAR LA VUELTA A LA TORTILLA

EL DESEMPEÑO FAMILIAR DE UNA APAÑADA COCINA

...Hoy he decidido darle la vuelta a la tortilla y cambiar toda mi rutina en la cocina. Me doy cuenta que la cocina se ha convertido en algo que arrastro como una carga y que apaño día tras día con el mayor desinterés…
Esta mama, por la falta de tiempo (dado su trabajo fuera y dentro de casa), invertía el mínimo tiempo en la cocina desarrollando su ingenio para realizar distintos platos a la vez, usando pocos cacharros y gastando en todo el proceso el mínimo tiempo.
...Hoy es lunes y los lunes son un día duro para todos, tengo que hacer una cena ligera y agradable para los niños. No estamos para lidiar con “esto no me gusta, esto tampoco”. Hace calor y está de tormenta, los niños no pueden jugar en el jardín y ya están dando la lata, habrá que entretenerles de alguna forma…
Sacó todos los ingredientes para hacer las albóndigas y preparó la carne a la que añadió además de un par de huevos, sal, ajo y perejil y un poco de pan rallado, un poquito de orégano y, nuez moscada pensando en su estómago que andaba dándole un poco de guerra últimamente.
Preparo también a sus dos hijos pequeños con un mandil y una buena lavada de manos. Cada uno estaba preparado para realizar a modo de manualidades esas albóndigas que tendrían las formas más variadas que de costumbre. Daba gusto ver como se animaban uno a otro.
La hermana mayor, hasta ahora sin querer participar en la tarea pues estaba entretenida con sus pegatinas, pero sintió mucha curiosidad por aquello que estaba gustando a sus hermanos. Al observar la escena y no verse en ella, pensó que no podía perderse participar de aquello. Decidió desempeñar un papel en esta actividad que le diera el estatus de hermana mayor que le correspondía, y ella misma propuso a su madre que debía recoger a modo de reportaje o recetario aquella comida que iba a preparar con sus hermanos, idea que a su mamá le pareció de lo mejor y enseguida le ofreció papel y lápiz. Sobre la marcha, pensaron en recoger estas recetas en un cuaderno especial en el que además de la receta pondrían fotos e ilustraciones. De todo ello se encargaría la hermana mayor que empezó enseguida a escribir preguntando a su mamá y a sus hermanos por aquello que estaban realizando.
Mientras los niños estaban entretenidos haciendo las distintas formas y la hermana mayor les entrevistaba sobre lo que ya habían hecho, nuestra amiga pelo unos tomates, un par de zanahorias, media cebolla y unos dientes de ajo y lo puso a freír con un generoso chorro de buen aceite. Le añadió sal y una cucharadita de azúcar para paliar la acidez del tomate. Mientras se va haciendo la salsa, empezó a freír las albóndigas teniendo especial cuidado para mantener algunas formas que de forma inevitable se ven un poco deformadas al pasarlas por la sartén. Una vez fritas y colocadas en una buena cazuela, le añadió la salsa de tomate después de batirla un par de minutos para evitar grumos y tropezones, ya se sabe que con los niños esto es lo mejor.
Los niños muy contentos con su nueva tarea en la cocina estaban expectantes con los resultados de su trabajo. Nuestra amiga añadió un par de vasos de agua a las albóndigas y las puso a fuego lento para que terminaran de hacerse. El padre llego en ese momento y se metió enseguida en la faena haciendo un arroz blanco. Lo sofrió primero un poquito para facilitar después la tarea de hacer los flanes. Los niños estaban ayudando a recoger. La hermana mayor quiso hacer alguna foto de la tarea antes de que se quitarán el mandil y se lavarán las manos.
Los padres empezaron hacer los pasteles de arroz usando un vaso pequeño como molde, los niños se pusieron a elegir los platos y preparar el escenario de la foto final de sus peculiares albóndigas que seguían haciéndose con su salsa de tomate muy lentamente y a la que, la mamá había incorporado algún chorrito de agua y unos buenos meneos. Escogieron los platos blancos para que se distinguieran bien las distintas formas de las albóndigas. Colocaron un par de flanes de arroz en cada plato y después previa selección de los más pequeños fue colocando las albóndigas con su salsa que a su vez adornaba los pasteles de arroz. Los platos estaban preciosos y los niños se esmeraron en poner la mesa para que pudiera su hermana hacer varias fotos con las que ilustraría todo lo que había escrito.
Se había pasado la tarde volando, y hoy más que ningún día estaban todos deseando que llegara la hora de la cena. En ese momento llamo a la abuela a la que la hermana mayor le relato la tarde que habían pasado y lo emocionados que estaban hoy con la cena.
La cena ya no podía esperar, todo estaba preparado.
Esta noche los niños tardaron mucho menos de lo habitual en ponerse el pijama para la cena, que disfrutaron en familia como la mamá había previsto, una cena del duro lunes, ligera y agradable, que los niños devoraron sin poner ninguna objeción, al contrario señalando lo bien que les había salido y lo rica que estaban aquellas albondigas.
…Esto ha resultado mejor de lo que esperaba y vamos a tener que repetir esto incluso participando todos en la planificación e incluso en la compra de los ingredientes para cocinar…
Esa misma noche el papá se había sentido un poco celoso por no haber podido participar desde el principio de aquello y el mismo propuso repetir esto para realizar unas galletas que le salían muy bien a la abuela y que recordaba que más de una vez había hecho con ella cuando era pequeño. Una vez hechas podrían invitar a unos amigos para merendar.
De esa forma el sábado siguiente hicieron las galletas de la abuela con la peculiaridad de usar para realizar las formas, no solo un vaso de agua como hace la abuela para que le salgan las típicas galletas redondas, sino todos los moldes que tienen de un completo juego de modelaje de plastilina, por lo que salieron galletas con forma de estrella, de flor, de corazón, de delfín, de cerdito, de elefante y muchas otras formas.
Cocinaron también huevos rellenos de atún, canelones, paella, tortillas, croquetas (muy peculiares con formas redondas y también cilíndricas), boquerones… y todo tipo de platos que, aunque tuvieran poca elaboración, todos acompañaban en el protocolo de elegir el plato, diseñarlo, planificar su compra y su realización y finalmente su degustación, todo ello bien recogido en el libro de recetas familiar que la hermana mayor iba rellenando.

…Creo que he conseguido darle la vuelta a la tortilla de forma exitosa y todos estamos disfrutando de muy buenos momentos en la cocina. Me gusta ver a los niños divirtiéndose y aprendiendo con nosotros, y me encanta que se lo cuenten a los demás, como toda una hazaña y, aunque no nos haya salido muy rica la comida final, ellos la degustan como si fueran los mas ricos manjares. Da gusto haber dado la vuelta a la tortilla………..

jueves, 29 de diciembre de 2016

"Cuento de Navidad"

             CUENTO DE NAVIDAD


Llego la lluvia. Miraba por la ventana como las gotas resbalaban en el cristal y se fundían unas con otras en un charquito que surgía más abajo. Hacia calor y al abrir un poco la ventana, bruscamente muchas de las gotas se precitaron al vacío. Cuánto se parecen estas gotas a las que caían en mi casa y sin embargo que diferentes me parecen aquí.

 Aquí llevo ya ocho meses y por suerte tengo un trabajo. Un trabajo que me mantiene activa casi todo el día, pero es a por el trabajo que vine. La nueva rutina ha envuelto mi vida. Es mejor no tener mucho tiempo para pensar lo triste que me encuentro. La rutina y el trabajo me ayudan en mi añoranza.

Un día que tenía la tarde libre y hacía mucho calor para dar un paseo, decidí escribir una carta y la llevé al correo. A la vuelta me tropecé al bajar un escalón, y caí al suelo. Todavía me duele el tobillo. Alguien me ayudo a levantarme. Era un chico de unos 11 años de edad. Tenía el pelo del color de las amapolas y la cara llena de pecas. Fue muy amable, me acompaño hasta un banco donde decidí quedarme un rato. El chico decidió acompañarme y se sentó a mi lado.

“Gracias chico eres muy amable”. Le dije.
           
“¿Te duele mucho?”, me pregunto.

“Estoy bien, pero me duele el tobillo, descansaré un poco para que se me pase”.
           
“Me llamo Juan, y mi padre que es médico podría curarte. También tienen el pelo de este color”.

“Te lo agradezco Juan, pero no puedo pagar un médico, además ya se me pasa. Me gusta el color de tu pelo”. Le dije.

“¿En serio? ¿Estás de broma o qué?, no me gusta tener este pelo, cuando sea mayor y me dejen, me lo pondré de color marrón. Los chicos de mi clase se meten con mi pelo y me llaman tomate”. Contestó Juan.

“A mi me parece que tu pelo es distinto y por eso no es peor, al contrario, seguro que en tu cole no hay nadie que tenga el pelo como tu”.

“Si, hay una profesora que lo tiene así, pero con ella no se meten porque es mayor”.

“Sabes lo que te digo Juan, que yo también soy diferente porque mi casa y mi familia están muy lejos y porque el color de mi piel es más oscura. Además, parece que a los demás no les gustamos mucho los que venimos de fuera. No somos tan diferentes.

“Yo no quiero ser diferente yo quiero ser igual que los demás”. Afirmó Juan.

“Seguro que cuando a un chico de tu clase le da un premio, porque ganó una competición, a todos les parece estupendo y les gustaría estar en su lugar y sin embargo ese chico es atractivo y todos queréis ser como él porque tiene algo que los demás no tienen”.

“Jolín, un premio es algo muy especial.”

“Es algo muy especial porque solo uno lo gana y todos lo quieren y además porque para el que lo tiene es algo bueno. Tener el pelo rojo es distinto, es original, pero si a ti no te gusta, a los demás tampoco les va a gustar”.

Así seguimos hablando de nuestras diferencias y cuando se fue Juan me quede pensando en ello. Es verdad que si uno quiere sentirse especial por ser diferente a veces es difícil cuando los demás que te rodean no te dejan. Siempre seré especial para los que me quieren, pero quizás no tan diferente.

Cuando llevaba un rato pensado escuche como alguien corriendo se acercaba. Era Juan. Me dio un beso y se despidió con un “Gracias”.

Al día siguiente, cuando bajé a por el pan quise pasar por aquel banco buscando a Juan. ¿Por qué? Sentí que éramos muy iguales y muy distintos, pero ambos compartíamos el rechazo de mucha gente por se distintos. Juan no estaba por allí. A partir de ese día cada vez que tenía que salir algún recado me pasaba por allí, pero Juan no estaba.

Realmente un chico de su edad no tenía porque acordarse de aquella gordita que se resbaló y le dio el mismo sermón seguro que otros adultos.

No he encontrado mucha gente en este país que me aprecie sin importarle nada que sea diferente. Algunos, seguramente por miedo, rechazan lo desconocido. ¿Miedo de qué? Creo que yo he sentido muchas veces ese miedo, miedo a lo desconocido, es un miedo muy humano.

Por fin un día encontré a Juan. No fue precisamente en aquel banco, estaba en un parque muy cerquita, jugando a la pelota con un montón de amigos. Me quede un buen rato observando todos sus movimientos. Se desenvolvía bien con sus amigos. No parecía tener ningún trato especial, ni que tuviera conflictos. Decidí no interrumpir y di media vuelta cuando alguien me llamó por mi nombre. Era un hombre que enseguida relacione con Juan. Tenía su mismo pelo.

“Perdóneme, pero mi hijo me contó... Disculpe soy el papa de Juan. El día que usted se tropezó y habló con Juan, no era un buen día para él y sin embargo volvió a casa como más seguro. Enseguida notamos que tenía algo que contarnos. Disculpe a Juan por contarnos su historia. Es usted muy valiente. Por fin nos encontramos. Si le parece, a mi esposa y a mi nos gustaría ofrecerle nuestra amistad.” Me dijo.

Me quedé tan sorprendida que casi no pude contestar, era a mi quien se dirigía ese hombre, tan agradecido estaba solo por aquella conversación con su hijo.

“Ya sé que le parecerá estraño que me dirija así a usted, pero le hablo sinceramente. Creo que usted ha conseguido en unos minutos todo lo que hemos estado intentando su madre y yo durante mucho tiempo” Continuó.

“Bueno en realidad yo me siento un poco como su hijo por ser diferente y no porque sea peor, sino porque a veces así nos hacen sentir los demás. Para los que nos quieren somos especiales, pero a los demás parece que les asustamos un poco con nuestras diferencias y estas diferencias son tan pequeñas cuando pensamos en nuestras semejanzas.” Le dije.

Charlamos un ratito y enseguida se reunió con nosotros Juan. Venía sofocado y acelerado.

“¡Qué bien!, ya conoces a mi papi. ¿Verdad que te gustaría conocer a mi madre?”

“Hola Juan. ¿Cómo te fue en el partido?”.

“Bueno, no muy bien, pero ahora ya puedo jugar”. Entonces se dirigió a su padre y le dijo:” Papa, ¿podemos invitar a Sara a casa? ¿Vale?”

“Juan” Interrumpí yo. “Te agradezco tu cordialidad, pero ahora me tengo que ir a seguir trabajando. Te prometo venir al parque a verte jugar con tus amigos”.

“¿Me contarás historias de tu país? ¿Si? Bueno me voy que me llaman para terminar el partido. Adiós”. Contesto Juan y corriendo se lanzo denuevo a jugar con la pelota.

Mientras que Juan se despedía, observe como su padre sacaba un papel y anotaba algo en el mismo. Me lo ofreció y me pregunto:

“Bueno, ¿cuando crees que vas a estar libre para poder visitarnos?, no vamos a dejar que nos digas que no.” (Esto último debió decirlo porque algo debió observar en mi cara, lo que estaba escrito en el papel era su dirección, muy cerca de allí, por cierto.)

Quedamos pues en que iría a visitarlos la tarde que libraba. Cuando fui el primer día me estaba esperando la mama de Juan con los brazos abiertos. Conocer a Sofía para mí, fue una sorpresa. La mama de Juan era muy cariñosa y abierta y enseguida me dio confianza. Desde aquel día todos los días que podía me acercaba a visitarles. Nunca pense que encontraría tan lejos de mi tierra grandes amigos. Realmente yo también había prejuzgado a la gente de este país por no ser como yo y me he dado cuenta que no somos tan diferentes. Sentimos el dolor de la misma manera y sentimos el amor de igual forma.
           
Pasaba muchas tardes con Sofía y la verdad es que esperaba con ansia que pasará la semana hasta que llegaba mi día libre para ir a visitarlos. Con Sofía fui de compras, al cine, al zoo. Ella sí que mostro interés por mi historia.

Tengo dos hijos pequeños, uno de la edad de Juan y la pequeña de 7 años, ambos se habían quedado en mi país y yo ahora, estaba terminando de reunir el dinero para que pudieran venir a vivir conmigo. Mi marido sufrió un accidente mortal trabajando y por eso tuve que venir a trabajar, para poder alimentar a mis hijos. Se que ellos están bien y ahora no les falta de nada, pero siento cada pedacito de distancia que nos separa. Cada minuto que pasa les añoro un poquito más. Se que pronto estaremos juntos y eso me ayuda cada día a seguir adelante.

Sofía supo entenderme. Ella me dijo que, si tuviera que separarse de Juan y su marido para ir a trabajar a un lugar lejano y desconocido como había hecho yo, se moriría de tristeza, no sabía si hubiera sido tan valiente. Que ella me entendiera tan bien me gustó mucho.

Hace unos pocos días me llamó Sofía para preguntarme si podía ir a su casa esa tarde. Ella ya sabía que era mi tarde libre. Le pregunte si pasaba algo porque note que estaba un poco nerviosa. Solo me dijo que tenía una sorpresa para mí.

Cuando iba de camino hacia su casa, pensaba cual sería la sorpresa. Se habrían acordado que hace dos días fue mi aniversario, ellos si tienen la fecha porque han visto mis papeles, si eso será. Me habrán comprado un regalo y todo. Bueno también podría ser que Sofia al fin estuviera embarazada. También pensé que querían celebrar estas Navidades conmigo, aunque este año para mi están pasando desapercibidas. No se que cosas pueden ser. Por fin llegue a su casa. Escuche algún murmullo antes de llamar.

Antes de que Sofía hubiera terminado de abrir la puerta, sentí como dos personitas se lanzaron hacía mi en el deseo de pegarse mucho. Dios mío, no me lo podía creer. Pasaron unos minutos antes de que pudiéramos despegarnos y yo observara a mis hijos. Mis lágrimas no dejaban de correr por mi mejilla. Ya nunca más podrían separarnos. Como lo habían conseguido si todavía no estaba previsto. Al cabo de un buen rato de abrazos, besos, lágrimas y gemidos tuve que dirigirme a mis amigos, a mis buenos amigos. Me quede mirando un segundo a Juan, aquel niño de pelo de color de las amapolas que estaba tan dentro de la escena que miraba, que no dejaba de llorar. Me dio un abrazo.

“Hoy soy yo la que te da las gracias, Juan. Gracias a vosotros este día no podré olvidarlo jamas. Lo que siento no se puede explicar”.

Sofía me abrazo y me adentro hacia el salón. Allí se encontraba amigos y familiares míos que como yo estaban trabajando fuera de su país. Bueno habían sido los compinches de mis grandes amigos. Además, se encontraban los padres de Sofía y algunos primos y tíos de Juan. Allí estaban todos juntos compartiendo mi alegría y la de mis hijos. ¡Dios mío!, me repetía; ¿no será un sueño?, ¿cómo lo han conseguido?, ¿de verdad estoy despierta? Podría ser un sueño de Navidad, si el mejor sueño de Navidad.




miércoles, 12 de octubre de 2016

LA MERIENDA DE MI ABUELA

Una historia de vida más...


Nunca podré escapar del pasado. Está siempre presente, por eso me cuesta tanto confiar en la gente. Estoy bien solo. No, no es cierto es una mierda.

De mis padres solo se diferentes verdades que ocultan que nunca se interesaron por mí. Desaparecieron de mi vida casi antes de tenerme y también de la vida de la de mis abuelos, los de mi madre. Mi padre no tenía familia. Fueron estos los que cuidaron de mí, mis verdaderos padres. Ellos habían sufrido mucho por mi madre, su única hija.

Con mis abuelos la cosa fue bien los primeros años, de lo poco que me acuerdo. Cuidaban de mi como si fuera su más precioso tesoro. A pesar de estar agotados en la vida, de las cargas que habían soportado, siempre tenían fuerzas para estar pendiente de mis pequeños progresos en la vida. Además, por lo que dicen no fui un bebe tranquilo y di mucha guerra.

Mi abuela iba a buscarme al colegio, como muchas otras abuelas, y siempre me llevaba el mejor de los bocadillos. Yo era de los que comía poco, pero la merienda era mi comida favorita. Mi abuelo era más regañón, pero siempre estaba pendiente de mí.

Mi abuelo dejo de trabajar desde el accidente. Era un poco quisquilloso y muy poco hablador, pero siempre me dejaba ver la televisión y me llevaba al parque.

Antes de que yo naciera mi madre empezó a enfermar. La abuela cuando me contaba alguna cosa de mis padres siempre lloraba, asique yo evitaba preguntar. Mi abuelo no quería ni oír hablar de mi padre. A veces se enfada solo con mirarme porque decía que me parezco mucho.

Una noche que mi madre había salido con mi padre, mi abuelo tuvo que salir de noche a buscarla porque debía estar enferma y algo gordo pasaba. Y entonces mi abuelo tuvo el accidente. Se rompió muchos huesos y alguna cosa de dentro. 

Desde entoences no pudo volver a trabajar en la fábrica. Tuvieron que vender el coche y otras muchas cosas para pagar a los médicos de mi madre, para su enfermedad. Pero no encontraron su cura y por eso tuvo que irse.

Nada más nacer yo, mi madre se fue con mi padre muy lejos para curarse. Vivimos tranquilos y nunca sabiamos nada de mis padres, o al menos a mí no me decian nada. Mi abuela siempre me decía que estaban muy lejos por la enfermedad de mi madre. Yo la oía rezar por ellos, bueno mi abuela siempre rezaba.

Cuando yo tenía casi 7 años mi abuelo se puso enfermo, bueno parece que ya estaba enfermo, pero había escondido muy bien su enfermedad, Alzheimer. La nueva carga para mi abuela empezó a dejarla sin energías. Una noche mi abuelo no volvió a casa y terminó ingresado en un hospital, se había perdido por la calle y había cogido mucho frio. Pronto volvió a casa, pero ya no parecía mi abuelo y no se acordaba de mí, se enfadaba todo el rato y a veces me pegaba. 

Mi abuela me decía que era por su enfermedad y yo me hacía el duro por mi yaya, porque ella sí que era valiente. Era muy triste ver a mi abuelo cada día más perdido y a mi abuela más pequeñita y yo iba creciendo.

Así debieron pasar dos años entre sustos, peleas y bajones. Mi abuelo cada día iba a peor y ya apenas se levantaba de la cama. Ahora él dormía en mi cuarto y yo dormía con mi abuela, bueno cuando la dejaba dormir. Mi abuelo la llamaba a cada rato. Yo iba a veces, pero siempre me echaba de allí o me decía cosas horribles.

Un día al volver del colegio, al entrar en casa una vecina me dijo que se habían tenido que llevar al abuelo al hospital, y que pobrecita mi abuela lo que le había tocado con mi madre y con el abuelo y encima cargando conmigo, y por supuesto como siempre aleccionándome para que me portará bien. Me dio las llaves de casa y siguió hablando por su teléfono. Yo subí a casa, ya estaba acostumbrado a quedarme solo alguna vez. La abuela me había dejado una nota que me decía que tenía mi bocadillo en el horno y que intentaría volver para cenar.

Esa tarde no tenía deberes asiqué me puse a ver la televisión y me debí quedar dormido. Me despertó la puerta. Era otra vez la vecina para decirme que igual la abuela no vendría a dormir y que me portará bien. Desde luego estaba enfadada porque ya tenía bastante con lo suyo como para ocuparse de mí, asique entro en la cocina y saco algo de la nevera y me dijo que cenara y me acostará sin protestar, ella tenía que bajarse, asique por la mañana me tenía que levantar e irme al colegio.

Yo no cene porque no tenía gana y me fui a la cama, me costó dormirme. Por la mañana me levanté muy tarde y corriendo me fui al colegio.

Cuando volví a casa estaba la abuela dormida en el sofá, tenía muy mala cara, esta despeinada y muy viejita. Me acurruque a su lado y espere a que despertará.

El abuelo tenía que quedarse en el hospital y ella, aunque intentaba no llorar se le escapaban lagrimas mientras me explicaba cómo íbamos a organizarnos. Ya eres mayor y tienes que ayudarme.

Pasaron muchos días, quizá meses, yo no veía apenas a la abuela que venía a casa cuando yo estaba en el colegio y me dejaba la merienda y la cena preparada en el horno. Durante el fin de semana si la veía un rato más, venía cargada con ropa del abuelo para lavar y bolsas con comida, pero hacia muchas cosas en la casa y enseguida se iba. Un día le pedí ir a ver el abuelo, pero me explico que se tardaba más de una hora en llegar y que además era muy costoso y ahora teníamos que apretarnos el cinturón.

Un día cuando llegue del colegio me di cuenta de que mi abuela no había estado en casa, no tenía ni bocata, ni cena, asique me tome unas galletas con leche. Mi abuelo se había muerto.

Mi abuela seguía cuidándome y preparándome esos maravillosos bocatas. Yo sabía lo triste que estaba porque algo les faltaba a los bocatas.

Un día llegue a casa y mi abuela estaba gritando a un señor que no me gustó nada. Cuando éste me vio, no sé qué dijo de que yo era un mocoso y que si mi abuela quería seguir conmigo tendría que pagarle. Mi abuela se derrumbó al verme y se echó a llorar. Pagarle, me pregunte, no entendía nada. Asique le dije que dejara en paz a mi abuela y empezó a empujarme e insultarme como si yo le hubiera hecho algo. Ese personaje salió gritando y advirtiendo a la abuela que lo hacía por su bien.

Mi abuela derrumbada en sofá no paraba de llorar, yo le preguntaba, pero era como si algo muy fuerte dentro de ella no la dejará hablar.

Ese desagradable personaje era mi padre que venía a decir a la abuela que su hija también se había muerto. Mi abuela no pudo explicarme más cosas de mi padre. Ese día fui yo el que le calentó la sopa a la abuela para cenar, pero apenas la probo. Creo que se pasó la noche llorando. Yo solo estaba triste por mi abuela y si, estaba muy enfadado porque sabía que mi padre había venido hacer daño a mi abuela.

No me equivocaba, mi abuela andaba nerviosa todo el día. No volví a ver a mi padre, aunque creo que mi abuela si le veía y mi abuela le daba dinero. De lo poco que teníamos mi padre se llevaba una parte. Mi abuela no me lo dijo nunca, pero yo lo sabía.

Cuando cumplí 12 años mi abuela y yo fuimos a tomar tarta a una cafetería. Solo podíamos ir en ocasiones muy importantes. Mi abuela tenía mucho catarro y debió coger más frio esa tarde porque se pasó toda la noche tosiendo. Yo no podía dormir, era la primera vez que pensé que solo tenía a mi abuela y que podía quedarme si ella. Me fui a su cuarto a llevarle una manta y estaba muy caliente, asiqué llame al médico que tardó mucho en venir.

Mi vida se quedó parada ese momento. Solo me acuerdo de mi abuela acurrucada con su mirada triste. Entonces me entro mucho miedo. Fue su última mirada, no llego al hospital.

Pase a vivir en un centro con otros niños que tampoco tenían quien les cuidara. Ahora sé que mi padre se quedó con lo poco que tenían los abuelos. Un día me dijeron que iba a tener una visita de mi padre, pero nunca llego a visitarme. La verdad que no quería volver a verle. Luego me explicaron que de nuevo estaba en la cárcel.










domingo, 11 de septiembre de 2016

SONRISA PERDIDA DE LA INFANCIA

  
Otra historia de vida....

Otra noche que me despertó, esta vez con un fuerte ruido. Me asome a la cama de abajo y mi hermana seguía dormida. Entraba luz por la puerta. Mi madre hablaba a mi padre en bajito, parece que mi padre se había caído y se levantó gritando a mi madre con insultos y no sé qué más…la historia se repetía. Mi madre se ponía en nuestra puerta para que mi padre no entrara y volvían los golpes. Mi cuerpo era como una estatua de hielo, hasta que parecía que la cosa se calmaba y se apagaba la luz…al rato se escuchaban los ronquidos de mi padre y volvía la luz y el sonido del grifo del baño. Era seguro que mi madre estaba lavando algo, aunque creo que lo que sonaba eran las lágrimas de mi madre.

Los ronquidos seguían y me asome. Mi madre enseguida me arropo y me devolvió a la cama con un “no pasa nada cariño”. Por la mañana mi pijama tenía sangre y en la cara de mi madre había marcas Y arañazos.

Como era posible que mi padre que era tan bueno, algunas noches se convirtiera en aquel monstruo…no sé qué pasaba. Por la mañana estaba ahí tan cariñoso con mi madre, había hecho el desayuno, y no hacía más que decir cosas bonitas a mama.

“Ven aquí Clara, mira que rico esta esté bizcocho que ha hecho mama”. Mi madre, sin embargo, estaba como bloqueada, sin decir nada y con una mirada que me pedía que olvidara otra vez lo de anoche y siguiera la corriente a papa.

Sara, mi hermana entro en la cocina y ya no pude decir nada.

Mi madre tiene una pequeña papelería muy cerca de nuestra casa. Era de mis abuelos, pero ahora se encarga ella de todo. Sobre todo cuando empieza el cole, hay mucho lio y es cuando mi tía Clara ayuda a mama.  Mi hermana y yo nos quedamos en la trastienda todas las tardes haciendo los deberes hasta que nos vamos a casa.

Mi padre tenía un camión de los grandes y viajaba por todo el mundo. Pasaba mucho tiempo fuera y siempre venía cargado de regalos. Todo era genial. Luego algo paso, algo se rompió en el camión que no podía arreglarse y ya dejo de hacer esos viajes. Fue entonces cuando mi padre volvía tarde a casa y nos daba miedo.

Ahora conduce un autobús de excursiones a la playa que lleva abuelos. Pero esto no le gusta mucho y no nos cuenta nada de sus viajes como hacía antes, ni nos trae regalos. Ya no está tanto tiempo fuera y siempre regresa de noche. Ya no queremos que vuelva, porque cuando estamos solas todo está tranquilo.

Aquella tarde mi madre ya no estaba tranquila, creo que sabía que papa vendría por la noche. Nos acostó pronto y eso que era sábado. Yo no quería dormirme por si acaso, pero debí quedarme dormida hasta que los gritos de mi hermana me despertaron. Mi padre la había sacado de la cama haciéndola daño y gritando a mi madre algo de que no sabía si él era el padre de mi hermana y de lo que hacía mi madre en la tienda cuando él no estaba. Cuando me levante vi a mi madre tirada en el suelo y a mi padre amenazante. Yo suplicaba a mi padre para que soltara a mi hermana hasta que me empujó y después a mi hermana. Mi madre gritaba desde el suelo, pero no sé por qué no podía moverse. Mi hermana gritaba entre llantos a mama y mi padre se ponía cada vez más nervioso. Volvió a coger a mi hermana y empezó a pegarla y darle patadas. Mi madre inmóvil en el suelo gritaba y yo me abalance contra mi padre, pero me derribo de un manotazo. Algo debió darme en la cabeza, pues ya no me acuerdo de más.

Me desperté con fuerte dolor de cabeza. Estaba en un hospital. Mi abuela cogía mi mano. Mi hermana y mama estaban también en el hospital en otra habitación. Parece que papa siguió pegando a mi hermana hasta que el mismo llamo a mi tía Clara, antes de irse. Mi madre tenía las piernas rotas y mi hermana tenía muchas heridas y algo roto por dentro, pero ya había pasado el peligro. Por lo visto había perdido mucha sangre, pero ya estaba estable. Mi abuela lloraba y repetía que ella ya lo sabía y que se lo había dicho a mama muchas veces.

Mi abuela me acompaño a ver a mi hermana. Mi madre estaba allí en una silla con las piernas escayoladas llena de marcas y vendas. Estaba sin parar de llorar en silencio, como lo hace por las noches y yo la oigo. Mi hermana estaba todavía dormida, con vendas y, moratones y heridas en la cara. Pobrecita esto le iba a doler mucho. Yo empecé a llorar como mi madre.

Tardamos meses en recuperarnos. Mi hermana está bien, pero ha perdido su sonrisa. Se asusta por todo. Aunque estamos protegidas por la policía, seguíamos teniendo miedo de que mi padre vuelva. Mi abuela dice que la policía no le va a detener.







domingo, 3 de abril de 2016

LOS GRIFOS MÁGICOS

                                 LOS GRIFOS MÁGICOS



Soy de un muy lejos de aquí, en África. Tengo casi 11 años. Estaba tan entusiasmado con la idea de mi viaje a España que estuve en una nube los primeros días de mi llegada. Por fin estaba con mi madre y mis dos hermanos mayores. Les había extrañado mucho. Llevaba ya tres semanas y todavía no me lo podía creer.

Mi padre murió cuando yo tenía dos años y no me acuerdo de él. Mi madre vino hace tres años aquí a trabajar. Después vinieron mis hermanos y por fin he llegado yo. Sabía que aquí las cosas no iban a ser fáciles y tenía por delante que aprender un montón de cosas, pero llegar aquí era lo que más he deseado estos años. Estoy muy contento.

Mi nuevo hogar es muy pequeño pero me pareció un palacio a mi llegada. Mis hermanos y yo dormimos en una habitación aquí llamada salón, tumbados en unos asientos muy cómodos. Mi hermano mayor tiene un colchón que extiende por las noches entre el salón y el pasillo. Mi mama comparte una pequeña habitación con mi tía que viene solo por las noches a dormir.

Una puerta en el salón da a una pequeña cocina donde mi madre hace la comida y ahí mismo tenemos un grifo, un grifo por el que sale agua limpia para beber y lavar los platos. También hay una nevera, que aunque mi madre dice que está muy vieja, a mí me pareció magnifica tan grande y tan llena de cosas tan bonitas y ricas para comer. Aquí se come muchas veces al día no como en mi país que solo comemos una vez al día y siempre lo mismo.

El grifo se abre y cierra, el agua sale y sale y no se gasta. Siempre que me apetezca puedo llenar un vaso de rica y fresquita agua. Esta agua esta muy limpia. Recuerdo el primer día, bebí y bebí hasta que se hincho la tripa. Al principio creí que estos grifos eran mágicos. Mi hermano me explico que el agua llegaba a través de unos tubos directamente de los ríos y los pantanos. Estos además se van rellenando del agua de las lluvias y las nieves. Todavía no conozco la nieve, aunque me han hablado de ella y ya se que esta muy fría. Para mí, los grifos siguen siendo un poco mágicos.

Esta casa tiene también un pequeño cuarto de baño. En este también tenemos grifos. Esto sí que era nuevo para mi, ya no tendría que cargar con los pesados cubos de agua. Para asearme puedo abrir otro grifo lleno de agua, ahora calentita, que riega mi cuerpo como si fuera una lluvia. Lo que me da un poco de pena es toda el agua que se escapa finalmente por ese agujero del fondo. El primer día puse un tapón para guardar el agua para otras veces. Mi hermano me ha dicho que esta agua después de limpiarla vuelve al mar, también por unas cañerías.

He empezado mi nueva escuela y como todavía no hablo el idioma de aquí estoy en una clase especial. Somos tres chicos, de 14, 13 y yo de casi 11 años. Mis compañeros son también de otros países y no hablamos el mismo idioma. Tenemos una profesora muy amable que nos está ensañando muchas cosas. Estoy muy contento aunque todavía no tengo amigos.

La televisión de aquí es también muy diferente y me gusta mucho. Aunque todavía no entiendo muy bien lo que dicen, esta televisión tiene muchos canales y siempre encuentras un programa de niños o dibujos animados que aquí son muy divertidos. Si me canso puedo cambiar y cambiar de canal.

Aunque estoy feliz en mi nuevo hogar, a veces me pongo un poco triste, porque echo de menos algunas cosas de mi país, sobre todo a mi abuelita, mis tíos, mis primos y mis amigos. He decidido que voy a estudiar mucho para, cuando sea mayor, llevar estos tubos y grifos llenos de agua a mi país. Así todos podrán tener un rico y fresquito vaso de agua en cualquier momento.



domingo, 20 de marzo de 2016

LECHE CON GALLETAS

LECHE CON GALLETAS (TERCERA HISTORIA DE VIDA)

Nací muy lejos de aquí, en África, en  el Congo. Hoy vivo en España con mi padre y su familia. De lo que no me olvido es del hambre que pasábamos mis hermanos y yo, durante el tiempo que he estado allí. La hora de la comida era el mejor momento del día y es que allí comíamos solo una vez cada día. Vivía junto a mis padres y mis hermanos que en realidad hoy se que son mis tíos y mis primos. Vivíamos en una casa baja que solo tenía una habitación. En ella guardábamos nuestras cosas y dormíamos mis tres hermanos y yo junto a mis padres. Yo era el tercero, pero mi primo, el segundo, solo me saca unos meses. Para mi éramos una familia muy unida, que pasaba hambre como todas las de allí. A pesar de ello nunca nos peleábamos por la comida y estábamos contentos.

Mi madre se ocupa de guisar la comida y de cuidar al pequeño de mis primos, que con más de un año tomaba todavía el pecho y por ello lo tenía casi siempre encima de ella. Los mayores íbamos a la escuela, que es muy diferente de la que tengo aquí, pero donde tenía amigos y un profesor que me enseña muchas cosas. Mis hermanos, buenos mis primos, (y es que no me acostumbro), mis primos y yo íbamos juntos a la escuela y por la tarde nos las pasamos jugando en la calle o haciendo algún recado para mi madre o alguna vecina. Mucha gente de aquí se va del país a buscar suerte en otros lugares. Mis hermanos y yo ya  habíamos planeado irnos cuando fuéramos mayores.

Mi padre del Congo apenas estaba con nosotros, se pasaba todo el día buscando algún trabajo en la ciudad. Pasaban semanas sin que le viéramos. Cuando volvía siempre nos traía algún regalo, como pan, fruta o chocolatinas. Mi madre siempre estaba con nosotros, nos cuidaba con mucho cariño, aunque muchas veces tenía que regañarnos, pero en general nos llevábamos muy bien y apenas nos peleábamos.

Un día, cuando tenía nueve años, mis padres me contaron que nací de otra mama y al nacer, ella se murió (no es raro esto aquí). Mi madre del Congo, en realidad era una prima de mi verdadera mamá, pero ella me quiso desde que nací y me cuidó desde entonces junto a su marido y sus hijos, por eso me llevo solo dos meses con mi hermano. Mi verdadero padre, el de España, se apeno mucho cuando se murió mi madre y se fue a otro país buscando mejorar su vida y la de sus hijos. Mi padre además tenía dos hijos mayores de su primera mujer, hermanos míos que yo no conocía.

La noticia que me estaban contando mis padres del Congo era como la de un sueño, no podía ser verdad. Mis dos hermanos mayores que no conozco, hijos de la primera mujer de mi padre, iban a venir a buscarme para reunirnos con mi padre en España. En este país vive mi padre con su tercera mujer y allí tengo también otros hermanos. La verdad es que me costo digerir todo esto, tengo otros hermanos, tengo un padre que me ha mandado dinero para vivir estos años y ahora me lo manda para irme con él. Todo era una sorpresa. Estaba alegre porque se me abrían las puertas a una salida de la dura vida del Congo, pero al mismo tiempo se me hacía difícil pensar en tener que dejar a mi familia de aquí.

No tuve tiempo apenas para despedirme. No quería separarme de mis hermanos y de mis padres en el Congo, pero salir de aquí nos ayudaría a todos. Yo iría a España a estudiar y conseguir dinero para que mi familia pudiera irse conmigo a España. Este cambio debía ser una puerta abierta para todos.

Todos estábamos muy tristes con mi marcha. Mi madre se las arreglo para conseguirme una bolsa y meter en ella algo de ropa y comida para el viaje. Todo estaba preparado y al fin llegaron mis hermanos mayores de 16 y 18 años de edad. Yo casi tenía 11 años que cumpliría en España junto a mi nueva familia.

El viaje fue muy cansado, muy lento, parecía que nunca íbamos a llegar. Mis hermanos hablaban solo entre ellos de sus cosas y apenas se dirigían a mí, ni respondían a mis preguntas, ellos no sabían. Solo me dijeron que yo no era su hermano, solo un familiar y que iban a España solo un año, después iban a Francia, donde estaba otro familiar cercano que les esperaba. No mostraron el menor interés por mí, yo era como parte del precio que pagaban por ir a España.

Por fin llegamos, pero la llegada no fue muy buena y tampoco el encuentro con mi nueva familia. No parecía que estuvieran contentos con nuestra llegada o así creo que me lo pareció desde el principio. Mi padre tenía una tercera mujer y tenía dos hijas de 7 y 3 años de edad. Mi nueva madre estaba embarazada y esperaba gemelos, por eso estaba muy gordita y cansada. Mi nueva madre me rechazo desde mi llegada que se la había impuesto mi padre y me dejo claro que haría lo que fuera por mandarme de nuevo al Congo. Mi familia vivía en una casa en la ciudad de Madrid. Esta casa tenía muchas habitaciones. En una se cocinaba, en otra dormíamos mis hermanos y yo, en otra mis hermanas, en otra mis padres y en la más grande comíamos y a veces nos dejaban ver la televisión. 

La vida aquí era muy diferente. Lo mejor es que comíamos tres veces al día, por la mañana tomábamos leche con galletas, por la tarde en el colegio comíamos cada día una cosa diferente y por la noche podíamos tomar también leche con galletas. Además teníamos televisión en la casa.

Yo hablaba en francés con mi padre y enseguida empecé a entender el español y hablarlo. En el colegio de aquí se aprende muy deprisa y muchas cosas. Al principio no tenía muchos amigos, porque apenas nos entendíamos y yo era bastante diferente a los de aquí, soy negro. Algunos profesores son muy buenos y se han preocupado de enseñarme muchas cosas. Todos se sorprendieron de lo pronto que aprendí el español y de mi gran interés, aunque aquí es todo más difícil.

Con mis hermanas me lo paso muy bien, aunque a veces nos enfadamos. Pasamos mucho tiempo, juntos en casa. Mi padre es muy serio y siempre me dice lo que tengo y no tengo que hacer, muchas veces después de que se lo diga mi madre que le dice: “díselo a tu hijo”. Mis hermanos mayores se pasan el día fuera de casa. Vienen por la noche, cenan de su comida que ellos se compran y se van a nuestro cuarto, donde yo solo puedo entrar a dormir. Tengo un colchón que saco de debajo su litera.

Mi madre o madrastra no es buena conmigo, ella dice que no me quiere aquí, soy solo un gasto más y ya tienen bastante. Siempre se enfada con mi padre por haberme traído. Yo soy obediente para que no se enfade, pero todo le molesta. Si juego con mis hermanas me regaña porque no puedo jugar con sus hijas, si no juego tengo que encargarme de jugar con ellas y luego me hace recoger todo y me regaña solo a mí. Lo peor es que se pasa el día diciéndome que me va a mandar otra vez a mi país. Ella era de Camerún, creo.

Un día mi madre se puso mala y es que iba a tener a los bebes, aunque decían era demasiado pronto. Ella, antes de irse de casa al hospital, estaba muy enfadada y después de despedirse de mis hermanas me dijo que en cuanto volviera me mandaría a mi país, se lo dijo a mi padre, o que me iba yo o se iba ella con mis hermanas. Yo no había hecho nada para que me regañara, pero siempre estaba enfadada conmigo y por eso mi padre también al final la tomaba conmigo. Cuando mi madrastra se fue yo desee que no volviera nunca a casa para que me pudiera quedar aquí en España.

Mi padre se fue con mi madre al hospital y allí estuvieron muchos días, mi padre venía alguna noche a traernos leche y galletas y siempre enfadado nos regañaba porque estaba todo revuelto. Yo me ocupaba de mis hermanas y hacíamos por la tarde los deberes y tomábamos leche con galletas. Mi hermana pequeña no quería comer nunca, pero era muy divertida. Después jugábamos. Por la mañana mis hermanos nos despertaban antes de irse y nosotros tomábamos el desayuno y nos íbamos al cole. A veces no nos cambiábamos de ropa en unos días porque la ropa sucia estaba amontonada en la cocina.

Un día vino mi padre y parecía loco, hablaba solo con mi madre y estaba enfadado y triste. Los bebes habían nacido, un niño y una niña, y mi madrastra se había muerto. Pareció como si yo la hubiera matado, porque desde entonces mi padre siempre se enfadaba conmigo más de que lo hacía ella. En el fondo yo también me sentí culpable, no quería que volviera, pero no que muriera. Mis hermanas se pusieron muy tristes y desde ese día mi hermanita pequeña se pasaba el día llamando a su hermana  o a mí para protegerla, porque su muñeca no dejaba de pegarla. Pobrecitas, echaban de menos a su madre como yo a la que había dejado en el Congo. Mi hermana que me sigue también estaba muy triste y hacía de mama de la más pequeña. Se pasaba el día comiendo galletas y se estaba poniendo muy gordita.

Los bebes eran muy chiquititos porque habían nacido antes de tiempo y se tenían que quedar en el hospital durante mucho tiempo. Mi padre tenía que ir allí todos los días después de trabajar, así que apenas le veíamos, pero cada día estaba más triste y más viejo, yo creo que estaba cansado y cuando llegaba se enfadaba por todo. Un día nos dijo que nuestro hermano varón se había muerto y que en realidad era lo mejor. No parecía ya muy afectado. Mi hermanita pequeña seguía quejándose de que su muñeca la pegaba. Mi otra hermana seguía comiendo muchas galletas y seguía engordando.

Mis hermanos mayores solo venían a dormir y le daban un dinero a mi padre por ello, pero le decían que estaban hartos de nosotros y que enseguida se iban a ir a Francia.

Un día que mi padre vino antes de que nos acostáramos, se enfado mucho porque la cocina estaba sucia y sin recoger. Habían sido mis hermanos que habían cocinado y se habían ido. Nosotros estábamos viendo la tele. Mi padre se enfado sobre todo conmigo por la cocina y por todo lo que había pasado. Parecía que quería pegarme, yo me escape y entonces me lanzo un vaso a la cabeza, que al esquivarlo dio en la televisión rompiendo la pantalla. Después mi padre se enfureció y me dio unas bofetadas, pero enseguida se calmo y se fue. Yo creo que tomaba pastillas y estaba muy raro.

A pesar de todo yo quería quedarme en España y no estaba enfadado con mi padre. Mi padre nos llevó a mí y a mis hermanas a una psicóloga porque nos portábamos mal. Yo tenía que estudiar mucho y ganar dinero para traerme a España a mi familia del Congo.

Un día llego papa con el bebe a casa, era muy chiquitina y se pasaba el día y la noche llorando. Ya casi no podíamos dormir. Por la noche mi padre no la oía y mi hermana y yo nos levantábamos para acunarla y darla de comer. Por el día venía una señora a cuidarla que estuvo poco tiempo porque se comía la comida de mis hermanos y se llevo algunas cosas. Luego vino otra que cuando estábamos en casa nos pegaba para que atendiéramos nosotros al bebe. Mi casa era un lió. Cuando mi padre echo a esta señora me quedaba yo a cuidar al bebe y no iba al colegio. Pero yo no sabía muy bien cambiar al bebe, así que tenía que esperar a que viniera mi padre por la noche y el bebe lloraba mucho y entonces mi padre nos regañaba. Creo que desde el colegio también regañaron a papa.

Después vino otra cuidadora que por la mañana dejaba al bebe solo en casa y ella se iba hacer recados. Un día cuando volvimos del colegio el bebe no estaba y mi padre nos dijo que se la había llevado a un sitio donde la iban a cuidar y que también nosotros íbamos a ir a otro sitio. Mi padre estaba muy triste pero tranquilo.

Todo fue rapidísimo, ese mismo día recogimos nuestras cosas y mi padre nos llevó a un centro, como un internado, donde todavía vivimos. Allí nos asignaron como a casitas diferentes, aunque al final nos pusieron juntos a los tres. Una vez en semana íbamos a ver al bebe que estaba en otro sitio igual que nosotros pero con niños más pequeños. Allí nos encontrábamos con papa que también venía a vernos. Los domingos mi padre nos iba a buscar y pasábamos el día en la casa. Mi padre estaba más tranquilo y había dejado de regañarme por todo.

La residencia estaba bien y tengo amigos. Nos tratan muy bien y nos dan distintas comidas cuatro veces al día. Mi educadora me regaño al descubrir que tenía guardada en mi armario la comida que no podía comerme. Ojala hubiera podido mandar toda esta comida a mi familia del Congo. Ya lo haré cuando sea mayor y pueda trabajar aquí.

De momento seguimos en la residencia, en la que llevamos casi un año. Los fines de semana salimos a mi casa que ha cambiado mucho. Mis hermanos mayores ya se fueron a Francia, por cierto sin despedirse. Mi padre tiene todo más recogido y limpio. A mis hermanas les ha comprado una litera nueva y yo, los fines de semana que vamos, duermo en la de mis hermanos. Por la noche cenamos cosas que nos cocina mi padre y a veces nos da papilla de mi hermana bebe que esta muy rica.

Mi padre ya no esta tan enfadado conmigo y según me cuentan los educadores de la residencia esta trabajando mucho para que volvamos todos a casa. El no ha dejado nunca de venir a vernos y de traernos todo lo que le han pedido. Mi hermana, la que me sigue ha adelgazado mucho y esta casi más alta que yo y mi hermana pequeña ha dejado de pelearse con sus muñecas. Yo las quiero mucho a las dos y también al bebe que ya casi anda y es que es todavía muy pequeñita.

Ahora estoy más tranquilo y estudio y juego mucho. Por fin he escrito cartas al Congo y me han escritos mis hermanos y mis padres de allí. Mis hermanos quieren venir y yo espero que algún día pueda reunir el dinero suficiente para que vengan.